
Este fin de semana hice algo que tenía mucho rato que no hacía. Me di un tiempo para consentirme en soledad. Sí, había una función de cine que tenía ganas de ver desde hacía 10 días. Pero hay pocas funciones y con horarios inverosímiles: 11 de la mañana o 10 de la noche. Alguna, a las 3 o a las 5 de la tarde, pero lejísimos. Y el sábado había una función a las 8:40, cerca de dónde estaba.
Le planteé la idea a mis hijos. “No, papá, me duermo a las 10:30 porque mañana tengo examen temprano. Media noche es muy tarde”, dijo el pequeño. “¿Y cuánto tiempo no cantan?”, preguntó la hija. “Pues… como el 5 % del tiempo en que gritan, y el 5 % del tiempo en que susurran. Todo es cantado. Pero es hip hop principalmente”. Me quedó claro por qué no soy tan buen vendedor como otras personas: mis argumentos los convencieron de no ir. No logré conectar con sus gustos o deseos.
Entonces… hice lo que pocas veces. Compré un boleto para mí solo y entré a ver Hamilton, el musical con mi soledad y una botella de agua. ¡Qué gran experiencia!
Soledad, no siempre mala.
Y es que hay tres cosas que me gustan mucho, como habrán notado los lectores habituales: la historia, en especial si es atípica y no acartonada; la política, en especial en la parte del estudio de las instituciones y su desempeño; y el teatro musical, en el que participé buena parte de mi infancia y juventud, hasta que llegó el momento de entrar a la licenciatura y de usar todo el tiempo libre posible para estudiar, a fin de mantener la beca en una de las instituciones más difíciles del país.
Así que un musical sobre el secretario particular de George Washington, primer Secretario del Tesoro de EE. UU., escritor prolijo y creador de la mayoría de The Federalist Papers. Figura digna de una tragedia griega, muere en un duelo a manos de su primer amigo americano y, en ese momento, vicepresidente de Estados Unidos, tiene todo para ser un punto alto en mis gustos.
En mí bucket list (cosas por hacer antes de morir), está ver esta obra en Broadway. Y sí, hay boletos la siguiente semana: pero necesito casi U$1,700, más avión, hospedaje, y tener la visa americana vigente. Es decir, nada que pueda lograr en una semana. Así que verla en cine fue buena opción, aunque fuera solo.
Esta vez no era esa soledad pesimista, como en la que les hablé en “Perdido en el desierto”, hace más de diez años. Allí estaba esperando una buena noticia que no llegaba —-al final, nunca llegaría-— y estaba varado en un aeropuerto. Es decir, nada dependía de mi. El sábado, fue mi elección… y la disfruté.
¿Tiempo para ti mismo?
Más allá de que les recomiendo la película (de lo que les hablaré el miércoles, y de la que también hay textos en gonzalosuarez.com), hoy mi argumento pasa por darse un tiempo a solas con ustedes mismos, de cuándo en cuándo.
La sala estaba casi vacía. 7 personas. Tres parejas y este solitario. Pero eso sí: en distintos momentos, todos los asistentes coreamos alguna de las canciones. Oí a la pareja que se sentó adelante de mí: “Debe ser por la hora y la plaza, pero en Satélite el jueves la sala estaba casi llena y más de la mitad iban con disfraces. Qué pena que no pudiste ir”, le dijo una chica a la otra. Y yo pensando que eso me hubiera gustado verlo. Pero que estar allí conmigo, disfrutando algo que me encanta, fue una grata, gratísima experiencia que habrá que repetir ocasionalmente.
Y si vas a buscar algo para leer, te aconsejo ir a mi página de autor en Amazon. Tal vez allí encuentres algo que te puede interesar. Por supuesto, El tesoro de Cuauhtémoc, que incluye historia y política, reúne dos de las tres características de las que te hablé hoy. Y ya sabes: la tienda la identificas como página de autor de Gjsuap. Y, además, me ayudas a seguir escribiendo y publicando. Y ¿Por qué no? Ganando para ir a ver Hamilton en Broadway. Gracias de antemano.
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Excelente experiencia. A veces necesitamos tiempo para nosotros mismos. Aquí hay una exposición en un museo que tengo muchas ganas de ver. Le dije a mi familia desde hace un par de meses. Quizás te copie la idea y vaya conmigo misma.