Acabar el progreso

Acabar el progreso
Acabar el progreso

Hay quien dice que ya llegamos a la etapa superior de la civilización, y solo podemos ir para adelante. Hay quien dice que ya llegamos al máximo, y nos queda por delante el declive y poco más. Por eso, “cómo acabar el progreso. Tecnología, innovación y el destino de las naciones” de Carl Benedikt Frey me llamó la atención.

Como he hecho en otras reseñas de libros, acá les presento mi resumen con la intención de convencerlos de leerlo completamente. Al final, la liga a Amazon (tienda en EE. UU., enlace de afiliado). Ya saben que, si compran el libro, me ayudan a sostener este esfuerzo. Pero que la reseña que aquí se presenta es en buena fe y no intentando convenceros de gastar de más.

El progreso tecnológico

El progreso tecnológico no es un inexorable ascenso lineal de la ingeniosidad humana, sino un proceso inherentemente frágil y cíclico. Está marcado por contradicciones, avances repentinos y largos periodos de estancamiento. El autor desmonta la ilusión de inevitabilidad al revelar que el verdadero motor del avance radica en el equilibrio precario entre dos sistemas antagónicos. De un lado, la exploración, un motor caótico y descentralizado donde emergen ideas disruptivas a través de experimentos impredecibles y fallidos. Y del otro, la explotación, un engranaje disciplinado y centralizado que perfecciona y escala lo ya probado, priorizando la eficiencia estática sobre la innovación radical.

Frey argumenta que las civilizaciones prosperan solo cuando logran transitar fluidamente entre ambos modos. Pero el exceso de control —ya sea por burocracias rígidas o monopolios corporativos— siembra las semillas de su propio declive, transformando instituciones generadoras de riqueza en barreras contra el cambio.

Vacunas ejemplares

Un ejemplo paradigmático de esta tensión es el desarrollo de la vacuna de ARNm contra el COVID-19. La bioquímica húngara Katalin Karikó encarna la exploración pura: rechazada por becas gubernamentales, negada la plaza permanente en la Universidad de Pensilvania. Era considerada una excéntrica por sus colegas, persistió en su investigación sobre ARNm terapéutico. Su avance crucial surgió por azar —un encuentro casual con el inmunólogo Drew Weissman en una fotocopiadora— resolviendo el problema de la inflamación en el cuerpo humano. Años después, el científico Derrick Rossi redescubrió su trabajo, impulsando la fundación de Moderna. Este trayecto errático, lleno de callejones sin salida, ilustra cómo la exploración sacrifica eficiencia inmediata por potencial transformador.

Sin embargo, la pandemia exigió un giro hacia la explotación: startups como BioNTech colaboraron con gigantes como Pfizer, y programas estatales como Operation Warp Speed coordinaron pruebas masivas, manufactura y distribución. La jerarquía salvó vidas, pero el mismo sistema habría sofocado a Karikó en sus inicios.

Aquí radica el dilema: los incumbentes que dominan la explotación resisten la “destrucción creativa” schumpeteriana, bloqueando a los competidores y capturando a los agentes reguladores, lo que frena el progreso. Esta dinámica explica los ciclos históricos de auge y caída.

Acabar el progreso: ejemplos históricos

China, por siglos líder indiscutible, innovó prodigiosamente bajo la dinastía Song: en el siglo XI, su capital Kaifeng albergaba un reloj astronómico hidráulico de complejidad asombrosa, y fundían hierro desde 200 a.C., milenios antes que Europa. Pero su fortaleza centralizada devino en trampa. El sistema imperial, obsesionado con la estabilidad, canalizó genios hacia exámenes de servicio civil basados en clásicos confucianos, convirtiéndolos en burócratas en lugar de inventores.

Mercaderes y comercio exterior eran sospechosos; la dinastía Ming prohibió naves oceánicas, dejando pudrirse flotas magníficas (de eso ya hablamos aquí). Optando por el control sobre el caos, China entró en estancamiento secular.

En Europa, la fragmentación post-romana —“regalo“ del colapso imperial— generó un mosaico de estados rivales, imposible de unificar bajo una ortodoxia. Este desorden fomentó un ”mercado de ideas“: innovadores exiliados en un territorio hallaban refugio en el vecino, nutriendo la República de las Letras y la Revolución Científica. Aun así, guildas artesanales resistieron máquinas que amenazaban empleos.

Rompiendo la inercia

El desbloqueo ocurrió en Inglaterra, fusionando descentralización europea con un Parlamento unificado tras la Revolución Gloriosa de 1688. Este poder central suprimió revueltas luditas —haciendo capital el sabotaje de maquinaria— y protegió la exploración, permitiendo que el sistema fabril arraigara y catapultara la Revolución Industrial.

Naciones rezagadas demostraron que, cuando la exploración ya está hecha, la explotación centralizada acelera el catch-up. Tras la humillación napoleónica de 1806 en Jena-Auerstedt, Prusia impulsó las Reformas Stein-Hardenberg: abolieron privilegios feudales y guildas restrictivas, crearon escuelas técnicas y universidades de investigación, y coordinaron ferrocarriles para un “mercado nacional”.

Este «capitalismo organizado» gestó corporaciones integradas verticalmente en acero y química, superando a Gran Bretaña para fin de siglo. Japón replicó el guion: el shock de las cañoneras de Perry en 1853, tras siglos de aislamiento tokugawa, desencadenó la Restauración Meiji de 1868. Evitando el destino chino de tratados desiguales tras la guerra del Opio, los samuráis-burócratas adoptaron el modelo alemán: centralizaron el estado, desmantelaron el feudalismo y dirigieron transferencias tecnológicas, fomentando zaibatsu —conglomerados industriales— para coordinar inversión. Es así que esta fórmula “estatal-meritocrática“ impulsó la ”Edad de Oro“ de la posguerra, donde países globales masificaron innovaciones estadounidenses como autos y refrigeradores, elevando estándares de vida mediante planificación coordinada, sindicatos y corporaciones.

Las computadoras dejan huella.


Mas en los 70, el paradigma computacional demandó reexploración. Choques petroleros y estanflación hundieron la producción masiva; sistemas rígidos como los keiretsu japoneses —herederos de zaibatsu— perfeccionaban hardware pero fallaban en software y redes abiertas, careciendo de startups disruptivas. EE. UU. triunfó en Silicon Valley, no en corporaciones jerárquicas de la Route 128: ingenieros saltaban entre empleos y compañías, compartían conocimiento en pubs y fundaban firmas, facilitados por la prohibición californiana de no competencia y antitrust como la ruptura de AT&T, que abrió espacio a Microsoft y un internet descentralizado.

Y a fallar de nuevo, para acabar el progreso.

Hoy, las superpotencias flaquean. China, bajo Xi Jinping, revierte la experimentación descentralizada de su milagro económico: el Partido Comunista recentraliza, reprime empresas privadas y usa la I.A. para vigilancia y control social, no para la exploración, repitiendo dinastías pasadas.

EE. UU. ve a los monopolios tecnológicos acumular poder, lidiando regulaciones y adquiriendo rivales, erosionando la destrucción creativa. La I.A. agrava riesgos: excelsa en explotación —codificando patrones existentes, como sonetos shakesperianos de datos entrenados—, pero falla en exploración, ignorando conocimiento tácito sensorial (un niño procesa más datos hápticos que un LLM devorando internet). No inventa Galileos; promedia lo conocido, como un modelo de 1633 negando el heliocentrismo.
Frey concluye: el progreso es efímero, demandando instituciones flexibles que prioricen la competencia sobre los incumbentes y la equidad para mitigar disrupciones. Sin vigilancia, elegimos la jaula de estabilidad sobre el caos del descubrimiento, condenando nuestra era a estancamiento. La lección histórica urge: equilibrar motores creativos o perecer en la inercia.

¿Dónde comprar el libro?

Este texto, “cómo acabar el progreso. Tecnología, innovación y el destino de las naciones”, está disponible en Amazon y otras tiendas en línea. No participa del programa de Kindle Unlimited, pero si está disponible gratis como audiolibro. Está disponible en impreso y como libro electrónico, del que pueden ver el inicio a continuación. Nos vemos el lunes con otro texto y el viernes con otra reseña. ¡Ah! Y también los espero en Substack, con textos (y correos) diarios.


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